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Manchas en verano: cómo orientar al paciente antes, durante y después

Manchas en verano: cómo orientar al paciente antes, durante y después

“Me había quitado la mancha y este verano me ha vuelto a salir”.

Es una frase que podemos escuchar con frecuencia en la farmacia. Y detrás de ella suele haber una preocupación muy concreta: si la mancha ha reaparecido, ¿significa que el tratamiento no funcionó?

No necesariamente.

En muchas alteraciones de la pigmentación (cambios en el color de la piel), mejorar la mancha no significa eliminar para siempre la tendencia de esa piel a producir más pigmento (melanina, el pigmento que da color a la piel).

El verano reúne además varios factores que pueden favorecer que las manchas se hagan más visibles: mayor exposición a la radiación ultravioleta, más horas al aire libre y, en algunas personas, cambios en la rutina cosmética.

Por eso, desde la farmacia, nuestro papel no debería limitarse a recomendar “una crema antimanchas”. Podemos ayudar a entender qué tipo de problema puede tener el paciente, qué medidas son realmente importantes y cuándo conviene derivarlo a un profesional sanitario.

Primera idea: no todas las manchas son iguales

Cuando un paciente nos dice que tiene “una mancha”, la primera pregunta no debería ser qué producto quiere comprar.

Deberíamos intentar entender qué está describiendo.

No es lo mismo un léntigo solar (mancha plana y generalmente bien delimitada relacionada con la exposición solar) que un melasma (alteración adquirida que suele producir manchas marrones, especialmente en cara) o una hiperpigmentación postinflamatoria (oscurecimiento que aparece después de una inflamación o lesión de la piel).

Tampoco es lo mismo una pigmentación que lleva años estable que una lesión que acaba de aparecer y está cambiando.

Por eso, una recomendación cosmética no debe sustituir al diagnóstico.

Una pregunta sencilla como “¿te la ha valorado alguna vez un dermatólogo?” puede aportar mucha información.

También conviene preguntar desde cuándo está, dónde aparece, si ha cambiado recientemente y si existe algún desencadenante evidente, como acné, irritación, depilación, quemadura o un procedimiento estético.

El verano no crea necesariamente la mancha, pero puede hacerla más evidente

La radiación ultravioleta (UV) estimula diferentes procesos en la piel y puede favorecer la producción de melanina.

Por eso la fotoprotección es especialmente importante en personas con tendencia a la hiperpigmentación.

Pero hay algo que debemos explicar bien: el fotoprotector no debe entenderse como una goma de borrar la mancha.

Su función principal es reducir la exposición a la radiación que puede favorecer el daño cutáneo y la pigmentación.

En la práctica, podemos recomendar un fotoprotector de amplio espectro, es decir, que ofrezca protección frente a diferentes tipos de radiación UV, y con un SPF alto. En personas con problemas pigmentarios puede ser especialmente interesante valorar productos que también proporcionen protección frente a la luz visible.

La luz visible es la parte de la radiación que podemos percibir con los ojos. Aunque normalmente prestamos mucha más atención a los rayos UVA y UVB, determinados estudios han relacionado la luz visible con el empeoramiento del melasma, especialmente en personas con fototipos altos (tipos de piel que tienden a pigmentarse con facilidad).

En estos casos, los fotoprotectores con color pueden aportar una ventaja adicional porque algunos contienen pigmentos, como los óxidos de hierro, capaces de absorber parte de la luz visible.

¿Qué debemos recordar en el mostrador?

Más que repetir al paciente “SPF 50”, merece la pena comprobar que entiende tres cosas:

  • Debe utilizar una cantidad suficiente de producto.
  • Debe reaplicarlo cuando la exposición lo requiera, especialmente después del baño, sudoración intensa o exposiciones prolongadas.
  • El fotoprotector no permite prolongar indefinidamente la exposición solar.

Y podemos añadir algo muy sencillo: sombra, ropa, sombrero y evitar las horas de mayor intensidad solar también forman parte de la fotoprotección.

Una pregunta frecuente: “¿Tengo que dejar mi tratamiento antimanchas en verano?”

Aquí debemos evitar las respuestas automáticas.

No todos los productos tienen que suspenderse necesariamente durante el verano, pero tampoco tiene sentido mantener una rutina agresiva si la piel está irritada o si las condiciones de exposición han cambiado.

La irritación es especialmente importante en este contexto.

Cuando la piel se inflama puede producirse una hiperpigmentación postinflamatoria (oscurecimiento de la piel después de una inflamación). Esto ocurre con mayor facilidad en determinados fototipos.

Por eso, si un paciente nos cuenta que está utilizando varios ácidos, exfoliantes, retinoides y otros productos y que tiene la piel roja, sensible o descamada, quizá el problema no sea que necesita “algo más potente”.

Puede necesitar menos agresión y una rutina mejor planteada.

¿Qué son los retinoides y por qué debemos tener cuidado?

Los retinoides son derivados de la vitamina A utilizados en dermatología y cosmética. Entre ellos encontramos sustancias como el retinol y el retinal en productos cosméticos, mientras que otros retinoides requieren prescripción médica dependiendo del producto y del país.

Pueden ser útiles para diferentes objetivos, entre ellos mejorar la textura de la piel y determinadas alteraciones de la pigmentación.

Pero también pueden producir irritación, especialmente cuando se introducen demasiado rápido o se combinan con otros productos irritantes.

Desde la farmacia podemos ayudar mucho preguntando:

“¿Qué estás utilizando exactamente y con qué frecuencia?”

No es lo mismo utilizar un producto una vez por semana que aplicarlo diariamente. Tampoco es lo mismo utilizar un único activo que combinar varios.

Si el paciente presenta irritación importante, conviene revisar la rutina antes de añadir nuevos productos.

¿Y los exfoliantes?

Con las manchas existe una tentación bastante lógica: pensar que si eliminamos más células superficiales, eliminaremos más rápidamente la pigmentación.

Pero la piel no funciona como una superficie que podamos “lijar” hasta hacer desaparecer la mancha.

Los exfoliantes químicos, como los alfahidroxiácidos (ácidos que ayudan a modificar la unión entre las células de la capa superficial de la piel), pueden formar parte de determinadas rutinas. Sin embargo, aumentar la intensidad no significa necesariamente conseguir mejores resultados.

Una exfoliación excesiva puede provocar irritación y, en personas predispuestas, favorecer inflamación e hiperpigmentación postinflamatoria.

Por eso, una buena recomendación desde la farmacia no debería basarse en cuántos activos podemos añadir, sino en qué necesita realmente esa piel y qué puede tolerar de manera continuada.

¿Qué podemos decir sobre los ingredientes antimanchas?

Aquí es especialmente importante no convertir la farmacia en una competición de ingredientes.

Existen diferentes sustancias utilizadas para tratar la hiperpigmentación. Entre ellas encontramos el ácido azelaico, el ácido kójico, algunos retinoides y el ácido tranexámico, entre otros.

El ácido azelaico, por ejemplo, puede utilizarse en determinados problemas pigmentarios y también tiene propiedades antiinflamatorias (que ayudan a reducir determinados procesos de inflamación de la piel).

El ácido tranexámico también se ha estudiado en melasma, tanto en formulaciones tópicas como mediante otras vías de administración. Pero que un ingrediente tenga estudios publicados no significa que cualquier presentación, concentración o vía sea adecuada para cualquier persona.

Esto es especialmente importante cuando hablamos de tratamientos por vía oral.

No debemos trasladar automáticamente la evidencia de un tratamiento médico a un cosmético que contiene el mismo ingrediente.

La concentración, la formulación, la vía de administración y el perfil del paciente pueden cambiar completamente la situación.

La rutina debe ser sostenible

Una de las mejores recomendaciones que podemos hacer desde la farmacia es evitar las rutinas imposibles.

Un paciente puede salir de la farmacia con cinco productos perfectamente elegidos sobre el papel y abandonar la rutina dos semanas después porque le resulta demasiado complicada.

En pigmentación, la constancia tiene un papel fundamental.

Una rutina puede ser sencilla:

Por la mañana, limpieza si es necesaria, hidratación cuando corresponda y fotoprotección adecuada.

Por la noche, limpieza y los tratamientos que estén indicados y sean bien tolerados.

Y después, adaptar.

Si la piel está irritada, no tiene sentido seguir aumentando la intensidad.

Si el paciente pasa dos semanas de vacaciones con mucha exposición solar, sudor y baños frecuentes, puede ser necesario revisar cómo está utilizando determinados productos.

Y si existe una pigmentación persistente o que empeora pese a una buena rutina, debemos plantearnos si el paciente necesita valoración dermatológica.

Después del verano: momento de revisar, no de empezar a utilizarlo todo

Cuando termina el periodo de mayor exposición solar, muchas personas llegan a la farmacia diciendo:

“Ahora quiero quitarme todas las manchas”.

Es precisamente el momento de frenar un poco.

Primero debemos observar qué ha ocurrido.

¿La mancha ha aumentado?

¿Ha aparecido alguna nueva?

¿La piel está irritada?

¿El paciente ha utilizado correctamente el fotoprotector?

¿Está siguiendo algún tratamiento prescrito?

¿La pigmentación ha sido diagnosticada?

A partir de ahí podemos orientar mejor.

Si se trata de un problema conocido y estable, podemos ayudar a recuperar progresivamente la rutina que la persona toleraba antes del verano.

Si, en cambio, la pigmentación es nueva, cambia, no está diagnosticada o no responde como cabría esperar, la recomendación más adecuada puede ser derivar.

¿Cuándo debemos derivar?

Esta es probablemente una de las partes más importantes para el equipo de farmacia.

No necesitamos diagnosticar una lesión para detectar que merece una valoración profesional.

Debemos ser especialmente prudentes cuando el paciente describe una lesión nueva o cambiante, una pigmentación de características desconocidas, una lesión que sangra, forma costra, produce síntomas persistentes o presenta cambios llamativos.

También cuando existe una pigmentación facial extensa, recurrente o resistente a las medidas habituales, especialmente si no existe un diagnóstico previo.

En estos casos, nuestro papel no es encontrar “el producto más potente”.

Es reconocer que necesitamos más información clínica.

El mensaje que deberíamos llevarnos al mostrador

Cuando un paciente nos pregunte por sus manchas después del verano, podemos resumir la conversación en cuatro ideas.

Primero: no todas las manchas son iguales y una recomendación cosmética no sustituye al diagnóstico.

Segundo: la fotoprotección no es solamente una recomendación para el verano. En una piel con tendencia a pigmentarse forma parte del mantenimiento.

Tercero: más productos, más concentración o más exfoliación no significan necesariamente mejores resultados. La irritación también puede convertirse en un problema.

Y cuarto: conseguir que una pigmentación mejore no significa necesariamente que la predisposición haya desaparecido.

Por eso el tratamiento de las manchas debe entenderse como un proceso.

Primero identificamos el problema.

Después actuamos sobre los factores que podemos modificar.

Mantenemos una fotoprotección adecuada.

Utilizamos los activos que realmente tienen sentido para esa persona y que puede tolerar.

Y revisamos la evolución.

Porque, cuando hablamos de pigmentación, una buena recomendación desde la farmacia no consiste simplemente en “quitar la mancha”.

Consiste en ayudar al paciente a entender por qué puede reaparecer, qué puede hacer para reducir ese riesgo y cuándo necesita que un profesional sanitario valore el problema con más profundidad.

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